María Vasco: De la marcha solo se acuerdan si ganamos medallas

María Vasco (Viladecans, 1975) es puro nervio. Su menudo cuerpo -apenas mide 156 centímetros y pesa 47 kilos– ha aguantado estoicamente 27 años en la élite de una de las disciplinas más machaconas del atletismo. Alérgica a las medias tintas, María se entregó tan a fondo a la marcha que cuando quiso mirar hacia nuevos horizontes, ya no pudo. O no la dejaron. Tras su retirada, la primera atleta española que subió a un podio olímpico llamó a muchas puertas y pocas se abrieron.

Hoy tiene 43 años, vive en Menorca y sigue muy vinculada al deporte. Confiesa que tardó un tiempo en adaptarse a la isla -llegó a principios del 2017- pero cada vez le cuesta más regresar al bullicio de la gran ciudad. Es feliz paseando con su perro London, un precioso braco de Weimar con perfil propio en Instagram y más de 500 followers. María suele decir que su madre la parió para hacer marcha. Normal, nació en el barrio de Sales de Viladecans, cuna de oro de marchadores del que salieron nombres históricos como Mari Cruz Díaz, Reyes Sobrino y Valentí Massana.

Maria Vasco con su perro London

María transmite su pasión por la marcha a las nuevas generaciones | Foto: Instagram @mariavasco


¿En tu barrio los niños marchaban en lugar de jugar a la pelota?

La gran cantera de la marcha en Viladecans nace gracias a Marcos Flores, un profesor de educación física que ponía a los alumnos a marchar en su clase. Casi todos los grandes marchadores salieron de sus manos.

Pero tú empezaste siendo autodidacta.

Me enamoré de la marcha viendo por televisión a mi vecina Mari Cruz Díaz ganar una carrera. Tenía 10 años y me impactó, fue un flechazo. Aprendí a marchar sola por las noches, por mi cuenta, hasta que empecé a entrenar con el padre de Mari Cruz. Nunca hice otro deporte: solo marchar, marchar y marchar. Y eso que la gente te miraba raro.

¿No te importaron los prejuicios que arrastraba la marcha? 

Fue una infancia dura en ese sentido, cuando marchaba se metían conmigo. Recuerdo que una tarde, entrenando en la Torre Roja de Viladecans, unos chavales se metieron conmigo y a uno le di un tortazo. Se habrá acordado de mí toda la vida (risas).

Las cosas han cambiado mucho gracias a gente como tú. 

Antes nos costaba mucho más obtener las cosas. Hasta que pude estrenar unas zapatillas pasaron años y ahora a los niños no les falta de nada, si no tienen el último móvil parece que van a ser los raros de la clase.

¿Maduraste antes gracias al deporte? 

Sin duda. Desde los 12 años tuve que celebrar mis cumpleaños fuera de casa y mientras mis compañeros estaban de viaje de fin de curso yo me iba a campeonatos. Siempre tuve muy claro que me quería dedicar a la marcha, pero también me saqué mis estudios de estética. Entrenaba bien temprano, me iba a la academia y volvía a entrenar.

Tus padres no pusieron ningún reparo. 

Ellos sufrían mucho porque veían todo lo que me esforzaba y lo mal recompensada que estaba económicamente, pero jamás me dijeron que lo dejara.

¿Nunca tuviste dudas? 

No, quizás no he estado en casa en muchos momentos o, a día de hoy, no he sido madre, pero no siento haberme perdido nada. Me considero una privilegiada por haber trabajado en lo que me ha encantado y se me ha dado bien.

«Nunca hice otro deporte: solo marchar, marchar y marchar»

Tanto que debutaste en unos Juegos Olímpicos con solo 18 años. 

Fue un sueño. Estar en unas olimpiadas quiere decir que estás entre los mejores del mundo, te encuentras con gente que solo has visto en la tele. Aunque los de Atlanta ‘96 fueron los Juegos más feos de los cinco en los que estuve, no había villa olímpica y estábamos desperdigados en hoteles.

¿Y los mejores?

Los de Pekín 2008, los chinos son la hostia (risas). Y eso que estábamos aislados de la ciudad, pero la villa olímpica era espectacular. Estuvo todo muy bien organizado y las infraestructuras eran bestiales. Han sido los Juegos que más he disfrutado, pero también los más dolorosos.

En esa carrera sufriste mucho, estuviste en puestos de podio buena parte de la prueba y al final acabaste quinta. Y corrías lesionada.

Cuando llegas tan fino pasan estas cosas. Yo estaba para hacer medalla y una semana antes de la carrera, en un entrenamiento, noté un tirón en el isquio. Me dijeron que tenía una microrrotura y no podía marchar, que ya veríamos si podría competir. En ese momento me derrumbo, me encierro en la habitación y no quiero salir.

Tuviste fuerzas para reaccionar.

Por la noche me dije: “has venido aquí a hacer medalla”. Me pinchaban cada día para no tener dolor y no me sentía las piernas. Y el día de la carrera cayó el diluvio del siglo. Iba en podio hasta el último kilómetro y medio, me adelantaron la italiana y la china sin yo poder hacer nada. Una impotencia muy bestia.

En Sídney 2000 te conviertes en la primera atleta española en ganar una medalla olímpica.

En Australia la adaptación fue muy dura, pero yo me encontraba realmente bien. En la segunda mitad de la carrera descalificaron a mucha gente y me vi cuarta. Un cámara de TVE se acercó y me dijo que habían descalificado a la australiana que tenía delante, iba tercera. Estaba en el lugar y en el momento en el que tenía que estar. Y no fallé. 

¿Ese bronce te cambió la vida? 

El primer mes fue de locos, todo el día de un lado para otro como un muñeco. Yo quería volver a la normalidad, a mis entrenos. Al año siguiente, quedé quinta en el Mundial y todo el país habló de fracaso. Me colgaron la medalla antes de empezar y yo, con 23 años, no sabía llevar ese peso.

La medalla no te dio la felicidad.

La presión exterior, los medios, la Federación; te adjudican la medalla antes de correr y yo no supe gestionar esa presión. Entrenaba muy bien, pero antes de competir sentía un nudo en el diafragma que no me dejaba respirar. También me quedé sin sponsor, fue un cúmulo de situaciones adversas. No sabía si tener una medalla era bueno o malo.

¿Pensaste en dejarlo? 

Estuve así bastante tiempo, hasta el 2006. Meses antes del Campeonato de Europa de ese año falleció mi padre. Yo había estado cuidando de él en el hospital. No podía con mi vida, pero aun así competí. Quedé la 15 y me dijeron que me tenía que retirar, que estaba acabada. Fue duro, los atletas también somos seres humanos.

No lo consiguieron.

Mi padre era mi primer fan, mi máximo apoyo. No hubiera querido que me retirara por la puerta de atrás. Yo tampoco lo quería, me quedaban muchos años. Ahí cambié psicológicamente. Me prometí que al año siguiente ganaría una medalla y fui bronce en el Mundial de Osaka, el mejor recuerdo de mi carrera.

«No sabía si tener una medalla era bueno o malo»

¿Tu peor momento fue la lesión en plena carrera en el Europeo de Barcelona del 2010?

Estaba para hacer medalla, pero competir en casa fue un arma de doble filo. Tenía tanta tensión encima que me rompí. Una hora antes de la carrera sentía una presión brutal en el diafragma, estoy segura que yo misma me provoqué esa lesión de forma inconsciente. No poder acabar la prueba fue muy duro.

Los marchadores os lo jugáis todo a una carta, en una sola carrera.

De la marcha solo se acuerdan cuando llenamos el medallero. Te juegas becas, patrocinadores; vives de esto. Y cuando va mal es duro, gestionarlo no es nada fácil.

¿El atleta en España vive demasiado condicionado por un sistema de becas y patrocinios que depende en exceso de los resultados?

Sí, claro. Y hay gente que solo depende de la beca, yo al menos tenía mis patrocinadores. Esa presión te afecta a la hora de competir, estás pensando en que no puedes fallar y fallas, porque no somos máquinas.

María Vasco

María vive en Menorca desde el 2017 | Foto: Instagram @mariavasco


Algunos recurrieron al dopaje.

Me fastidia porque tendría más medallas de las que tengo. No pensaba en que competía contra gente dopada porque me hacía mala sangre. De Rusia siempre había rumores y Olga Kaniskina -condenada por dopaje- hacía cosas estratosféricas, fuera de lo normal.

¿Te tentaron con sustancias dopantes? 

En una ocasión me lo comentaron, fue alguien de mi círculo: si te lleva este médico y le pagas tanto dinero… Pero siempre lo tuve clarísimo, todo lo que he conseguido ha sido de forma natural, porque he entrenado muchísimo.

Tras escándalos como los de Marta Domínguez y Paquillo Fernández, ¿en España pagaron justos por pecadores?

El dopaje es un tema muy delicado, no se puede ir hablando fácilmente. A mí no me gusta que me señalen y lo hicieron. Tras estos dos casos recuerdo dos entrevistas en las que me dijeron a la cara que yo también me estaría dopando. Es muy duro escucharlo cuando sufres como una desgraciada para llegar bien a las competiciones.

Llevaste el cuerpo al límite. ¿Llegaste a temer por tu salud? 

Más de una vez. Recuerdo que en un entrenamiento en la Zona Franca pensaba que me moría. Me han encontrado desmayada un par de veces por la deshidratación, después de correr. Y tras una Copa del Mundo en Turín me desmayé al salir de la bañera y tuve la suerte de que no estaba sola, porque me hubiera abierto la cabeza.

¿No te planteaste bajar el ritmo?

Ese día el médico me dijo: “María, no puedes competir como compites”. Pero vamos a ver, estamos hablando de competición de alto nivel, yo no sé hacerlo de otra manera. Nunca se podrá decir que no me entregué al máximo, que no me dejé la piel.

«Me han encontrado desmayada un par de veces después de correr: siempre me dejé la piel»

Hace poco participaste en un reportaje de Begoña Fleitas en Marca sobre los efectos de la menstruación en las deportistas. Lo tuyo fue un calvario. 

Yo lo he pasado muy mal, sufría lo que no estaba escrito. De estar postrada en la cama, vomitando y con diarrea. Cuando tenía la menstruación no podía entrenar el primer día y aún tenía que escuchar a algún entrenador decir: “ya estamos con la regla”. O alumnas mías, que me dicen que “están malitas”. La regla es algo natural de la mujer, parece mentira que aún sea un tema tabú.

Has mencionado antes el tema de ser madre, ¿es complicado para una deportista de élite?

Siempre tuve claro que no quería ser madre mientras fuera atleta profesional. En un deporte como el mío tienes que correr muchos kilómetros y entrenar dos veces al día. No quería tener un niño y que me lo criara otra persona. O estás en un deporte que te da mucho dinero y puedes estar dos años parada o cuesta mucho.

Un deporte como el fútbol… 

Para mí no es ni un deporte. Es lo que pide la sociedad, pero creo que ha hecho mucho daño. ¿Cuántas barbaridades se ven en campos de fútbol? Por no hablar de lo que cobran los futbolistas en comparación con los atletas u otros deportistas.

Te retiraste con 37 años, en plena crisis económica, con un palmarés deportivo impresionante, pero sin ninguna experiencia laboral. 

El deportista vive en una burbuja: come, duerme, entrena. Lo dejé en 2013 porque la marcha ya no me hacía feliz, llevaba toda mi vida haciendo lo mismo y quería probar otras cosas. Yo tenía una lista de prioridades y el deporte no estaba arriba precisamente. Y hoy estoy feliz, pero sigo vinculada al deporte.

¿Te viste forzada a seguir este camino?

Quise tocar muchas puertas fuera del deporte, pero no se me abrió ninguna. Me gustaba el mundo de la moda, de la estética, que es lo que estudié. Pero cuando eres atleta estás muy encasillada en el mundo del deporte y cuesta salir de ahí. Tuve unos meses muy malos hasta que entendí que no tenía que renegar del deporte, que era el mundo en el que me podía mover mejor. No hace tanto que me he estabilizado laboralmente.

¿Crees que te pasó factura haber huido siempre de la corrección política? Nunca te callaste nada.

Hace años me preguntaron si preferiría competir con la selección catalana o la española en caso de independencia. Respondí que con la que me pague mejor, porque se trata de mi trabajo. Me siento catalana y española. Respeto todas las opiniones y pienso que deberíamos llegar de un modo civilizado a cualquier punto, pero no comparto muchas de las cosas que han sucedido.

En ocasiones me he sentido forzada a hablar catalán porque si no, no me querían entrevistar. He sentido que se me cerraban puertas por ser como soy, pero no voy a cambiar para caerle mejor a nadie.

Natàlia Arroyo, fútbol como forma de vida